"YO QUIERO SOÑAR" - LIZZA LAMB
ESPECIAL. Escuchar hoy la música de Lizza Lamb, particularmente la producción Yo quiero soñar, es definitivamente regresar a la primera mitad de los años noventa, cuando la estética sonora estaba marcada por Selena Quintanilla. Y no porque el material sea una copia de lo hecho por la hermana de A.B. Quintanilla, sino porque se aprecia una clara intención de funcionar como una alternativa genérica a lo que la reina del tex‑mex ya hacía con tanta naturalidad.
Si bien es cierto que el timbre de Lamb era claramente reconocible, también es verdad que en los temas que conforman su álbum debut hubo pocas oportunidades de disfrutar todas las posibilidades que seguramente podía alcanzar. En la mayoría de las canciones, desde el primer verso suelta el potencial de su voz, lo cual puede deberse a la firme intención de establecer su estilo y personalidad en un panorama que, por aquellos días, al menos en la corriente texana, era dominado por el sello discográfico EMI, que además contaba con las mujeres que lideraban los listados de popularidad: Selena y Los Dinos, Elsa García, Stephanie Lynn, Lynda V and the Boyz, entre otras.
Si nos enfocamos en la lista de canciones de Yo quiero soñar, encontramos grabaciones que retratan con precisión las posibilidades que la onda texana ofrecía y que tanto la diferenciaron siempre de la onda grupera. Aunque algunos todavía encuentran dificultades para distinguir lo texano de lo grupero, los oídos más agudos entienden de inmediato la genética musical de cada género, y eso se escucha a leguas en la grabación de la texana.
Lizza Lamb logró gran aceptación en el noreste mexicano gracias al sencillo “El gorrión y yo”, una selección que en cada compás rebosa orgullo texano gracias al diálogo elegante entre acordeón y sax, que ejecutan la melodía más representativa de la canción. En su interpretación, la cantante deja grabado su estilo, su entonación tan particular y su pronunciación tan “única” del español, elementos que volvieron este tema un clásico texano a lo largo de toda la década. Hoy, para muchos, es prácticamente una bandera de la corriente originada en el sur de Estados Unidos.
El disco, por otro lado, se aventura en estilos que van desde el pop seductor hasta el ranchero “ajuangabrieleado” —si el término existe—, sin dejar fuera las cumbias tex‑mex con teclados que coqueteaban con el pop. Sus letras recurren a las historias más comunes de la onda popular: amor y desamor, algo infalible entre los oyentes de música grupera, quienes siempre han buscado canciones que reflejen lo que el corazón puede sentir y soportar.
Los fanáticos más ortodoxos de la onda texana pueden sentirse tranquilos gracias a “El gorrión y yo” y “Por ti”, dos poderosas melodías con arreglos que satisfacen al más exigente de los oyentes. La ejecución musical y la interpretación —que oscila entre el descaro, la ironía, la desesperación y el desborde total— aseguran que estas selecciones cumplan con rigor la cuota necesaria para colocarse como hits representativos del estilo que abanderan.
Por otro lado, cumbias como “Yo quiero soñar” y “Visítame esta noche” se encaminan hacia lo más icónico del tex‑mex de aquellos memorables noventa. La fusión de grupero con pop, que en ese entonces parecía arriesgada, dio pie a toda una corriente que marcó a una generación completa. Aunque este estilo fue descartado para su siguiente material, es en esta grabación donde la voz de Lamb fluye con naturalidad, haciendo sentir que este concepto era el que más se ajustaba a su personalidad, ambiciones y pretensiones dentro de la industria.
Entre lo que este disco propone se encuentra una combinación de reggae con cumbia que, aunque alcanza a concretarse de forma convincente, muestra una visión todavía primaria de las posibilidades que surgen cuando se desdibujan las fronteras entre géneros. Esto ocurre particularmente en “Escápate conmigo” y “Voy a tener que olvidar”.
El sonido más dinámico y enérgico del material aparece en “Sugar sugar”, donde también se perciben las limitaciones del estilo que se le implantó a la intérprete. Aunque la canción es una letra luminosa y festiva, encontramos en ella la misma intención vocal que en los temas de despecho o dolor, lo que puede entenderse como un intento por blindar su sello distintivo, pero también como una falta de riesgo para explorar otras facetas de su voz.
“Lástima de amor” es un tema de mariachi que podría parecer fuera de lugar dentro de la producción, pero para entender su inclusión hay que ubicarse en el contexto de la década. Tras la aceptación de los temas de mariachi que Selena grabó —como “Qué creías” y “No me queda más”— se volvió casi obligatorio que todas las estrellas texanas repitieran la fórmula. Y al decir todas, hablamos de todas. Con ese dato en mente, la presencia de este tema cobra sentido.
La carrera de Lizza Lamb, aunque breve en la música texana, es completamente reconocida por todo aquel que se diga fanático de la música grupera. Gracias al sello BMG, pudo dar batalla a las grandes exponentes que en México ya ganaban terreno con sus propuestas. La figura de Lizza Lamb fue la carta que se jugó para competir con otras voces que surgieron de forma paralela al movimiento popular. El disco compacto, además, fue uno de los primeros en ofrecer temas adicionales en ese formato: mientras el cassette incluía solo diez temas, el CD integraba trece tracks, añadiendo como bonus las versiones en inglés de “It Must Have Been Love”, “Don’t Turn Away” y “Yo quiero soñar”, esta última con una ligera variación respecto al primer corte del álbum.
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